Piensa rural, actúa global
- NADIE

- 5 feb
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“Quemamos los bosques cuando debimos quemar las ciudades”
La quema del mundo rural no empezó con el fuego. Empezó con el olvido. Mientras se eluden responsabilidades, se finge pesar en redes, o se argumenta por qué “ya no se limpian los montes”, arde nuestra memoria y se consume nuestro futuro, pasto de unas llamas que avanzarán hasta donde las comunidades más desarraigadas lo permitamos. Y ese es el problema: cuando no tienes identidad te convencen de ser “el que conviene”. La falta de identidad no es un vacío: es un hueco a rellenar para quienes preservan con devoción las arterias del capitalismo.

La evidencia señala que el medio rural favorece un estilo de vida más saludable, gracias a los hábitos relacionados con una dieta basada en alimentos locales, y a la práctica de actividad física en un entorno natural. Pero no nos engañemos: en los pueblos carecemos de muchos servicios, y aun así pagamos las consecuencias del efecto mariposa, ya que lo que se produce en una fábrica china, llega hasta el río de tu pueblo. Sí: el derroche de recursos y la contaminación generados al otro lado del mundo, tienen consecuencias climáticas en tu ecosistema. Así, los pueblos cargamos con el peso de la mochila común, pero nuestras necesidades son, con frecuencia, desatendidas, más aún durante la inauguración de una nueva era energética.

El petróleo ya no es rentable. El mundo que erigimos sobre el crudo se hunde sobre sus propios desechos y el modelo que nos trajo hasta aquí ha colapsado. Ya en 2021, la Agencia Internacional de Energía advirtió que, “la era del petróleo había llegado a su fin”. Por eso ahora Ciudad Rodrigo está rodeado por un anillo kilométrico de placas solares. Son estos, tiempos de transición energética, en los que se normalizan genocidios, se niega el cambio climático, se instaura el "tecnofeudalismo" corporativo, y el deshielo del Ártico abre las puertas a una futura guerra por el control de nuevas reservas fósiles y minerales.

Fotografía de Miguel Ángel Bernal
Un colonialismo energético que llama la puerta de su casa y convierte su pueblo en una fábrica que alimente la urbe. Cuando un propietario vende hectáreas que se destinan a un parque solar es fácil entender su impulso: El sector agrario en España está crónicamente precarizado, y los ingresos de la venta de las tierras son una fuente directa. No obstante, la suma de decisiones individuales produce una pérdida colectiva profunda, porque se destruye el conjunto de pastos, encinares, olivares o huertas que alimentaban las economías locales, lo que degrada nuestra autosuficiencia y aumenta la dependencia de las importaciones. Es contraproducente aumentar la producción de energía en detrimento de los recursos naturales y del medio de vida rural.

De hecho, concretamente para el medio rural, supone una auténtica ruina, que suele estar acompañada de promesas vacías. La esperanza de que este tipo de macroproyectos generarán empleo sólo se abraza en núcleos poblacionales deprimidos. La construcción y gestión de minas o granjas solares no sólo destruye el patrimonio natural, sino que acaba con empleos estables vinculados al cultivo, al pastoreo y a oficios tradicionales, que sostenían la demanda interna todo el año y, además, eleva los precios de los inmuebles.
En Ciudad Rodrigo concretamente, la llegada masiva de trabajadores elevó la demanda temporal de vivienda y disparó los precios a partir de 2024. Pasamos de pisos con dos dormitorios en el casco histórico que rondaban los 275 € al mes, a alcanzar los 600 €. No había pisos para alquilar ni en los pueblos cercanos. Y lo peor es que, cuando se retira la mano de obra temporal, los precios no retornan a sus niveles anteriores. En Miróbriga los precios han crecido un +32% sobre el nivel “pre-placas solares”. Y esto se traduce en lo de siempre: desigualdad, pérdida de tejido social y declive demográfico.

Si no hay gente en los pueblos, y la que hay, vive y trabaja en condiciones precarias y desfavorables: fin del cuento. Luego nos llevamos las manos a la cabeza cuando se quema el campo. Sin tejido social, las políticas que reducen drásticamente la inversión en prevención de incendios quedan impunes, y los (limitados) recursos se destinan a otros asuntos. Por eso es vital que apliquemos políticas que comprendan la rueda sobre la que se mueve el mundo, y que protejan el futuro común pensando desde el medio rural. Y esto pasa por reformular nuestra identidad. Pensar rural para actuar global.
Desde NADIE y RURAL VANDALS trabajamos parar poner en valor el patrimonio histórico y natural de la provincia de Salamanca, y este 2026 lanzaremos “SAVIA”, una nueva colección que busca fomentar el conocimiento de nuestros ecosistemas, integrando moda urbana y ecologismo a través de tejidos sostenibles y producción ética, con el objetivo de inspirar a la ciudadanía a defender nuestros bosques. Y como parte de este proyecto, hemos creado el Test de SAVIA, una herramienta lúdica y reflexiva basada en la simbología de las especies de árboles más emblemáticas y autóctonas de la provincia de Salamanca para definir diferentes tipos de personalidad. De esta forma, usted podrá saber si su carácter está más relacionado simbólicamente con una encina, un roble rebollo, o un alcornoque, etc

La simbología de nuestros árboles encierra una narrativa milenaria nacida de la observación paciente y del conocimiento transmitido a través de las generaciones. Un legado popular que atribuye a la encina un carácter estoico, por su resistencia a la sequía y su capacidad de prosperar en suelos pobres; al roble, una naturaleza generosa, por ser un refugio para la biodiversidad; y al alcornoque, un perfil de testarudez, fruto de la asociación entre las cualidades del corcho —poroso y ligero— y la firmeza de su madera. De esa dualidad entre lo hueco y lo duro surgió la expresión “cabeza hueca”.
El Test de SAVIA combina este legado popular simbólico con modelos científicos como el Big Five (que describe la personalidad a través de cinco grandes rasgos); la tipología Junguiana (que aporta una mirada arquetípica y fácilmente reconocible a los perfiles) y los cuatro temperamentos clásicos (sanguíneo, colérico, melancólico y flemático). De esta forma puedes descubrir la SAVIA que corre por tus venas, y encontrar el árbol salmantino que te representa, refleja tu forma de ser y describe tus raíces más profundas.


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